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lunes, 10 de septiembre de 2012

La importancia de la comunicación

  Hace unos días, en la copistería, mientras me hacían unas fotocopias, no pude evitar intervenir en una conversación. Otra de las chicas le preguntó a un señor al que estaba atendiendo si las fotocopias de DNI –iba a realizarlas en ese momento- eran para presentar en algún “sitio” (organismo). Como la respuesta fue afirmativa, le señaló que en ese caso mejor no recortarlos pues “podrían darle la vuelta”.

  Extrañeza por parte del señor (y mía) quien comentó que el día anterior en el ayuntamiento de Gijón no le había sucedido nada de eso. La respuesta de la chica fue, como era de esperar, “porque has dado con alguien agradable.”. Asentimiento del señor y, también como era de esperar, posterior diatriba sobre la “burocracia

  Fue en ese momento cuando intervine en la conversación para decir que, aunque nunca hubiera dado la vuelta a alguien que me presentara una fotocopia de DNI recortada (también lo encuentro una desmesura), es cierto que resulta preferible la hoja entera. Por un lado, evita la posibilidad de extravío del DNI (sé por experiencia lo volátil que puede ser en ese formato) y además, en el caso bastante frecuente de que sea necesario compulsarlos, se carece de espacio donde poder poner el sello y la firma del funcionario.

  El señor argumentó, con mucha lógica, que eso era fácil (de asumir) para alguien que tratara de manera habitual con la administración: abogados, gestores, … pero se te escapa cuando no es así. Las chicas de la fotocopiadora me confirmaron que había habido más de un caso en que les habían dado la vuelta (no sé de que administración se trataba) y que desde el ayuntamiento les habían pedido que, a ser posible, dejaran toda la hoja.

  Salí de allí pensando que una de las causas por los que quienes trabajamos en la administración tenemos tan mala fama es porque fallamos en la COMUNICACIÓN; no sabemos explicar el porqué de algunas actuaciones. En este caso concreto el motivo de que sea preferible presentar la fotocopia del DNI sin recortar.

  Recordaba también una vez en que mi cuñada comentaba ofendida que había ido a alguna dependencia, creo que del INNS, y que a su petición le habían respondido con un _¿Para qué lo quiere? Respuesta típica: _deberías haberle dicho que para ****. Lo cierto es que la pregunta no escondía (o no tenía por que esconder) desgana o impertinencia. Si alguien viene al archivo y me pide un certificado de empadronamiento haré la misma pregunta; si lo quiere para matricular al niño en el colegio, no se necesita justificar antigüedad y se expide en otra oficina.

  Nos encontramos de nuevo con una actuación correcta en el fondo pero que genera críticas porque no se han explicado los motivos de la misma. Funcionarios y empleados públicos de España, si queremos que la percepción que el ciudadano tiene de nosotros cambie, no solo debemos trabajar, que ya lo hacemos, sino también procurar mejorar nuestra forma de comunicarnos con ellos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Cerrado por vacaciones


 Maldito Karma regresará en septiembre ( a mí me tocará hacerlo antes). Disfrutad del verano y nos vemos a la vuelta.

viernes, 3 de febrero de 2012

El país de los niños tristes


  A todos los archiveros nos ha pasado; cuando en un departamento o concejalía tiene algo con lo que no saben muy bien que hacer, deciden enviarlo al archivo.  De esta forma llegó a mis manos “El país de los niños tristes” con el que los alumnos de 2ºB del Colegio José Bernardo ganaron el primer premio del 8º Concurso de Cuentos Solidarios

  El cuento,  que podéis leer aquí , no solo es enternecedor y te hace sonreir sino que contiene grandes verdades: La alegría puede romperse muy facilmente; también es contagiosa  y, lo más importante, todos podemos ayudar a que aquellos que la han perdido, recuperen la alegría  (que volverá a nosotros, tal como les habrá sucedido a estos alumnos cuando les concedieron el premio)


  En estos tiempos en que, tal como sucede en el cuento, la televisión, la radio y los periódicos, incluso los móviles,  solo nos hablan de malas noticias, quizás deberíamos hacer como estos niños e intentar recuperar la alegría (o cuanto menos fijarnos más en las cosas buenas que suceden a nuestro alrededor)

viernes, 13 de enero de 2012

Increíble pero cierto


Ayer durante el trabajo me sucedió algo inesperado e inusual.  Visitó el archivo un señor que  está “arreglando” una herencia y necesitaba un documento del archivo. Tras atenderle, cuando se iba nos comentó (cito de memoria)

   vaya como han cambiado las cosas en los últimos años. Por el asunto de la herencia he tenido que visitar la delegación de Hacienda, el Catastro, el juzgado y el propio archivo. En todos los sitios le habíamos atendido con amabilidad y diligencia; nada que ver con esos empleados de hace 20 años a los que parecía que les molestaba atenderte

  No pude por menos de darle las gracias efusivamente y decirle que era la primera vez que oía a alguien decir eso. Lo normal es todo lo contrario, que nos tilden de antipáticos, vagos, etc. Dijo que su experiencia había sido todo lo contrario y que por ello lo decía.
    Sé que no leerá el blog pero aún así  quería agradecérselo públicamente y  compartir con el resto de funcionarios de todas las administraciones, que tampoco me leerán pero no importa, esta caricia.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

De la memoria y el olvido

Hace algunos días, comentaba en un blog que utilizamos la expresión memoria histórica para referirnos a una época concreta,cuando toda la historia es memoria -algo que ya había argumentado aquí.Seguí dándole vueltas al asunto y llegué a la conclusión de que, aún siendo reductor, es un término muy apropiado. En el artículo citado  escribía que la memoria es historia y que sin memoria, sin recuerdos, no tenemos historia ni identidad.

(...)lo cierto es que esa persona ha perdido todas las referencias que le permiten comprender quien es y, lo que quizá sea más importante, por qué es así. Hará todo lo posible por recuperar ese espacio en blanco y en caso de no conseguirlo, pasará el resto de su vida con una carencia.

En eso precisamente consiste  la recuperación de la memoria histórica; en  la necesidad de saber, de completar ese espacio en blanco. Me vienen a la mente un par de personas que llamaron al archivo; buscaban saber que había sido de su abuelo. Una de ellas me decía que los únicos datos de que disponía era que le habían enviado a Langreo a cumplir condena trabajando en las minas (donde hoy se encuentra el economato de Hunosa, existía una colonia penitenciaria) y que había muerto de gangrena.

También me comentaba que su madre apenas sabía nada de lo que le había sucedido a su padre y que su abuela solo le había comentado algo cuando ella  había empezado a preguntar.

Recuerdo que tras hablar con ellos –fueron varias consultas bastante próximas entre sí- pensé que estaban en el mismo caso que esas personas que han perdido a un familiar, pero cuyo cuerpo no aparece y no pueden cerrar esa herida.

Alejandro M. Gallo recoge muy bien esto en su novela  Los Caballeros de la muerte:

La primera generación sufrió la represión, la segunda enmudeció, por miedo, por pánico, por asco, por…; la tercera se está preguntando que ocurrió, dónde están sus abuelos

En relación con este silencio y el por qué de él, recuerdo también a Avelino Cabricano quien venía de vez en cuando por el archivo y que una vez me comentaba que tenían tan interiorizada la necesidad de callar que no se dio cuenta de que no hablaba de ello hasta que uno de sus hijos, siendo ya mayor, se lo hizo notar. Me comentaba que creía que era una reacción instintiva; el miedo de que algun comentario repetido por alguno de los niños en el colegio u otro lugar les pusiera en peligro.

Hector Abad Faciolince en  El olvido que seremos (un libro maravilloso cuya lectura les recomiendo y no les dejará indiferente) al explicar la razón para escribirlo dice:

(…). ¿Para qué? Para nada; o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo.

viernes, 17 de junio de 2011

A trancas y a barrancas

Con esas palabras podríamos resumir la andadura del blog durante este  año y algunos días.   A lo largo de ese tiempo,  en más de una ocasión estuve tentada de matarlo mientras exclamaba ¡maldito Maldito Karma!,
 En gran (o total)  medida la culpable de que el blog tenga tan poco éxito soy yo. No he sabido o podido actualizar semanalmente, como deseaba. Mantener un blog sobre archivos e historia de un concejo, escrito con sencillez pero rigurosidad,  que además sea ameno y resulte interesante no solo para los habitantes de Langreo es mucho más complicado de lo que esperaba.

Pero veámoslo desde otro punto de vista. Haber conseguido cumplir un año en la blogosfera, y publicar cuarenta y tres entradas, cuando tantos blogs mueren apenas recién nacidos  es un éxito.   También lo es que gente que no conozco se haya hecho seguidora.

En este tiempo surgieron secciones (Lugares y palabras y Parecidos razonables), con las que no contaba en un principio: pero que considero interesantes. Quedaron paradas las que pretenden enseñar que es y cómo funciona un archivo . El planisferio (sección donde quería publicar planos y proyectos que hay en el archivo) y Como nos ven (sobre los archivos y los archiveros en el cine y la literatura) no vieron la luz.

Mientras escribo esta entrada me doy cuenta de que en realidad no quiero matar a Maldito Karma. Sigo pensando que es un proyecto interesante y que se merece la oportunidad que durante este año no le he dado. Así qué  gracias a quienes  habeis estado aquí.; los que os habéis hecho seguidores, dejado algún comentario o simplemente leído en silencio. Espero que sigais aquí en este próximo año en el que tendremos más y mejor. ¡Allá vamos!

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La mezcla de los mundos (II)

Si algo bueno tiene que casi nadie lea un blog es que no importa demasiado que no actualices con la periodicidad que tenías pensada -en este caso, semanalmente. Aún así y dado que aún tardaré unos días en poder preparar las entradas que tenía pensadas, publico esta otra que vió la luz en mi otro blog y en la que explico que:

Aún cuando intentemos parcelar las diferentes areas de nuestra vida, terminan por mezclarse las unas y las otras. Así, mi afición a la literatura asoma en mi trabajo.
(...) es inevitable que unos aspectos de nuestra vida influyan o se reflejen en otros. (...) como esos dos mundos –el laboral y el “literario”- conviven y se mezclan inconscientemente.

Tras leer un par de artículos que le había enviado, R me comentaba que en ellos se traslucía mi afición a la lectura. Efectivamente, en ambos había referencias literarias a pesar de que los temas sobre los que versaban eran totalmente ajenos.

Luego me di cuenta de que también recurro a los libros cuando tengo que hablarle a cada nuevo auxiliar o a los alumnos en prácticas, sobre la organización de los expedientes. Suelo decirles que lo mismo que no podríamos leer un libro cuyas páginas estuvieran mezcladas y desordenadas, con ellos sucede lo mismo y que “también se leen" desde el principio hasta el fin.

Hace dos semanas, durante una visita de estudiantes de E.S.O. nuevamente emergió mi yo lector. Quería que comprendieran que "los papeles viejos” contienen su identidad y su historia. Casi sin pensar, convertí a los expedientes en relatos. Les expliqué que cada uno de ellos nos cuenta una historia; a veces sencilla -que Fulanito quiere abrir un bar o Menganito construir una vivienda- otras, más complejas y en ocasiones son vendettas (las denuncias entre vecinos dan lugar a verdaderos culebrones).

Mi afición a la novela negra queda al descubierto cuando comparo la investigación histórica con el trabajo de un detective. También nosotros tenemos que analizar las pruebas e interrogar a los “ testigos” (los documentos) y tampoco nos libramos de que a veces el testigo no quiera hablar, las pruebas sean solo circunstanciales o que aunque “nuestra intuición nos diga cómo sucedieron los hechos no podamos probarlo.

Sobre la influencia inversa ya hablé aquí

domingo, 7 de noviembre de 2010

La mezcla de los mundos

Es inevitable que diferentes aspectos de tu vida se mezclen aún cuando no quieras que eso ocurra. Así lo comentaba en esta entrada:

(...) a veces mi profesión y formación condicionan o se traslucen en mis lecturas o el propio blog. Prueba de ello, aunque no fuí consciente hasta mucho después de haberlas escrito, son esas entradas “clasificatorias” en que establezco tipos ya sea de préstamos, finales o detectives. (La “unidad mínima de medida” de los archivos es el Tipo documental y los cuadros de clasificación, una herramienta básica de trabajo)

También se manifiesta en la especial atención con que observo la forma en que los profesionales de los archivos aparecen retratados –las escasas ocasiones en que lo son- en la literatura. Tenemos al viejo solitario de Todos los nombres, de Saramago; a la monja que trabaja en un sótano del Vaticano en El último Catón, de Matilde Asensi ( ya puestos: ¿por qué el archivo siempre es un lugar sórdido, con estanterías atestadas a punto de desplomarse sobre uno y casi siempre en el sótano?). Tan solo en Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite, la protagonista es una persona normal AUNQUE trabaja en un archivo -un motivo más para que me guste esta escritora-.

Pero no son los únicos casos en que mi profesión y/o formación condicionan mis lecturas. Ya me referí a que el mundo que representa El palacio azul de los ingenieros belgas, me resultaba muy próximo, precisamente por mi trabajo. Fueron también motivos laborales los que me llevaron a leer La Aldea Perdida (tenía que preparar un taller sobre historia y literatura y lo elegimos porque ya era una lectura de los alumnos)

Leyendo La mujer de Verde de Indridason mis alertas se activaron cuando vi que para el levantamiento del cadáver llamaban a un arqueólogo. Pensé “a ver que van a hacer ” (Tuve un profesor que decía que hay quien excava y quien escarba) pero mi miedo fue infundado; la excavación se hizo y se describió con bastante rigor. Algunos lectores, refiriéndose a ese mismo libro decían que les había resultado pesada la forma en que el detective protagonista llevaba a cabo la investigación. A mi, por el contrario, me gustó aunque es cierto que, más que una investigación policial al uso, es una investigación histórica –algo que me resultó aún más evidente ya que justo en ese momento estaba inmersa en un trabajo similar.

No son estas las únicas influencia "inversas" -más de una vez, comentando libros ambientados en la guerra civil, me ha venido a la mente algún caso vivido en el archivo y relacionado con la ley de memoria histórica. Supongo (ESPERO) que tampoco seré la única a la que se le "mezclan los mundos". Otra cosa es que no seamos conscientes hasta que alguien o algo nos haga percatarnos de ello.

lunes, 4 de octubre de 2010

Archivera, que no archivadora

Recupero el que iba a ser el comienzo de mis memorias laborales y que explica, con algo de humor, los problemas a que me enfrento (nos enfrentamos quienes trabajamos en archivos) cuando tenemos que explicar cual es nuestra profesión:


(...) Y para empezar se me ha ocurrido ir a los problemas de identidad que mi profesión me genera. Al modo de las reuniones de alcohólicos que vemos en las películas americanas yo tendría que decir: Hola, me llamo L. y soy archivera. AR-CHI-VE-RA; ni “archivadora” ni “archivadera”, ni “la del registro”; tampoco dirijo el” Registro” ni “Archivos”. Estas son las denominaciones más habituales y me temo que la forma correcta es la menos frecuente.

Esta soy yo diciendo: SOY ARCHIVERA, AR-CHI-VE-RA Pero los “problemillas de definición” se mantienen fuera del horario laboral, cuando, por algún motivo tengo que indicar mi profesión. Aún recuerdo cuando hace algunos años decidí solicitar una tarjeta de unos grandes almacenes (esos en que todos pensamos)- Había que cubrir unos formularios y facilitar un montón de datos – lo del papeleo no es patrimonio exclusivo de la administración-. Al llegar al punto en que me preguntaron: ¿profesión? Contesté: archivera - ¡lo que soy! - No sé si harán cargo de la cara de extrañez de la persona que me atendía: ¿Cómo? Volví a repetir: archivera, trabajo en un archivo en (nombre de la administración en que trabajo) Tras oír mi aclaración, su rostro se relajó algo y la casilla correspondiente quedó cubierta de la siguiente forma: Funcionaria. Me sentí como el del anuncio cuando dice: ¡Vale! ¡Admito pulpo como animal de compañía! (Sobre esto del funcionariado volveremos en otro post, capítulo o lo que sea)

No se crean que esto acaba aquí. La misma reacción de desconcierto que tuvo el empleado o empleada del Corte Inglés (y no estoy siendo políticamente correcta y utilizando un lenguaje de género sino que no recuerdo si era hombre o mujer) suele producirse cuando conozco a alguien. Algunos son sinceros y me preguntan algo que traducido vendría a ser: Vale, pero ¿qué es lo que haces en el archivo? Otros confunden el archivo con la biblioteca; a ellos les diré que ARCHIVOS Y BIBLIOTECAS, JUNTOS PERO NO REVUELTOS. Somos profesiones y tenemos objetivos distintos, aunque podamos tener parcelas comunes. Por último están los que no preguntan, más porque no se atreven que porque tengan una idea clara de a lo que me dedico.

¿Cuál es la conclusión que se extrae de todo esto? Pues que salvo familiares y amigos cercanos de quienes nos dedicamos a los archivos, el resto no suele tener ni idea de lo que significa nuestro trabajo. Lo que nos lleva a establecer una nueva conclusión: Los archivos, por desgracia, siguen siendo algo completamente desconocido para la mayor parte de la gente. Mientras no consigamos que los sientan como algo cercano ¡Seguiremos con muchos de los problemas que nos aquejan!

Para terminar y relajar un poco este tono de sermón que me salió, un par de anécdotas que reflejan la imagen que se tiene de los archivos:
Cuando me hice cargo del archivo –hace muchos, muchos años -había destinada al mismo una limpiadora cuya máxima era “¡Bah!, en los archivos siempre hay polvo “. En compensación, se dedicaba a “brillar” el teléfono y a pulverizar con ambientador las dependencias del archivo, con tanto ahínco que alguna vez me sentí como si me estuvieran fumigando.

Hace bastante menos, un trabajador municipal, dijo de mí, aludiendo a mi forma de vestir, que “[…] no parece una archivera.” Y su halago, que como tal fue dicho, me hace pensar en la imagen estereotipada que sale en las películas. (Durante el traslado del archivo, vestida con una especie de esquijama gris y una bata azul claro, del estilo que usan en algunas tiendas y empresas de limpieza, tampoco lo parecía. Pero de eso hablaremos otro día)